sábado, 1 de diciembre de 2012

Nadie cree en nada

Existió una vez una rosa que vivía en un campo sereno. Su belleza no tenía igual. Lo tenía todo, nada le faltaba. Tenía el Sol necesario, un aire suave, una cantidad suficiente de agua, y por las noches podía ver las estrellas y la Luna. Escuchaba a los grillos y a las ranas cantar. Veía aves de colores maravillosos pasar. Su aroma no tenía igual y era muy roja.

Pero ella quería más. Quería ver otras tierras, conocer otros mundos, y así inmovilizada, con su tallo enterrado en la tierra y con tanta raíz nunca podría hacer realidad sus sueños.

Un buen día pasó a su lado un caballero enamorado. Él paró a observar a la rosa. La contempló durante largo rato. Él no lo sabía, pero ella también aprovechó para observarlo a él. Era un hombre como de unos cuarenta años, muy alto, flaco, su piel era negra, sus ojos enormes y oscuros, su boca carnosa y su nariz delgada. Sus manos eran grandes, con dedos largos, las palmas de las manos blancas y los dientes también. Llevaba puesto un bombín negro, una camisa blanca de cuello ancho. Un saco largo de terciopelo negro con solapas grandes y un pantalón negro acampanado. Su pelo era corto y muy crespo y negro. No sé más detalles, así que el lector deberá imaginarlo haciendo uso de mi descripción y como mejor pueda.

Era un hombre enamorado de una doncella jovén y hermosa, con la piel oscura y los ojos negros, y el pelo crespo, largo y hasta la cintura. De figura esbelta y de labios rojos. Y él pensó en cortar esa rosa para regalársela a ella y declararle así su amor.

Así que la cortó con su mano derecha y al hacerlo se pinchó un dedo con una de las espinas, y escurrió sangre por su mano, después sacó un pañuelo que traía guardado en el bolsillo del saco y con él se secó.

La rosa estaba tan feliz, por fin conocería el mundo, podría ver desde ángulos distintos todo.
El jóven con la rosa en la mano corrió hasta la casa de la dueña de su corazón. Tocó a su puerta. Ella abrió. Lo miró seriamente y le preguntó qué quería. Él, mostrándole la rosa, le dijo "te he traído esta flor" y le declaró su amor. La rosa estaba tan feliz de estar en medio de dos corazones. ¿A qué más podía aspirar una rosa?

Pero la doncella rechazó al hombre, cerró la puerta y lo dejó con la rosa en la mano. Nuestra flor se sintió desconsolada, quiso volver a su raíz, y ni que decir del jovén enamorado.

Él se fue a su casa. Puso la rosa en un florero con agua, sobre una mesa. Él consiguió un pincél y un frasquito de pintura negra. Con delicadeza pintó cada uno de los pétalos rojos y los convirtió en negros. Así se sentía su corazón. La flor se veía hermosa de cualquier modo, pero sentía asfixia, tortura.

Entonces y de repente, a la rosa le crecieron unas raíces enormes, como si fueran unas piernas y unos pies, y creció su tallo muy grande y ella brincó del florero. Se veía como del tamaño de un niño de seis años. Ella se sacudió la pintura negra. Manchó todos los muebles y las paredes de la casa de negro, y quedó roja otra vez.

La rosa corrió hacía la puerta de la entrada, la abrió, y salió de la casa corriendo hacia la calle. Él salió corriendo atrás de ella.
¡No te vayas! Le gritó.
 ¡Rregresa! Le imploró.
Él corrió y gritó por su barrio. Eran las tres de la mañana, algunos vecinos despertaron al escucharlo y encendieron las luces de sus casas.
Después él se cansó de correr, entonces se tiró al piso a llorar y a gritar. Algunos vecinos salieron a la calle por curiosos. Miraron al hombre enamorado, lo escucharon gritando:
 ¡Regresa rosa, regresa!
 Los que lo miraron pensaron que él tenía una pena de amor. Se juntó tanta gente alrededor suyo, pero a él no le importó. Él siguió llorando y gritando:
¡Detente rosa!!!!!

Un vecino se acercó a él, se agachó, le puso la mano en el hombro, le dijo, tranquilo, el tiempo todo lo cura, olividarás a Rosa, otra mujer encontrarás. Él le contestó al vecino que rosa no era una mujer, que rosa era una flor, una flor que había cortado apenas esa mañana, que la  había llevado a su casa y que la había puesto en un florero, pero que ella se había brincado de éste, que le habían salido piernas y brazos, que se había hecho grande, y había salido corriendo de su casa.

Este hombre está loco, concluyeron los vecinos. En estos tiempos, la gente ya no cree en nada ni en nadie. Nadie cree en hadas, en daragones, en unicornios, ni mucho menos en rosas que corren por las calles con raíces en forma de piernas y brazos.
Los vecinos llamaron a una ambulancia. Nuestro hombre fue llevado al psiquiátrico de la ciudad. A todos los médicos les ha contado su historia, nadie le ha creído. Han concluido que está loco. Lleva ya años encerrado en el manicomio, todos los días recuerda a su rosa.

La rosa regresó a su campo, enterró sus raíces a la tierra. Valoró el estar ahí. Murió a los pocos días.

2 comentarios: