Sin que te mueras quiero santificar tu nombre
Los dos cuerpos
Las dos almas enredadas
Pintar casas de colores
Caminos de colores
Sembrar flores silvestres en este cemento
Hablar con niñas bobas que no entienden nada de nada
Casi como yo que entiendo poco, muy poco.
Santificar el tiempo en que te abrazo
Santificar tus ojos
Santificar la posibilidad de creer, la certidumbre de creer en ti.
Para Erick
28 de mayo de 2001
Ana Paula Iglesias Echeverri
martes, 24 de septiembre de 2013
viernes, 20 de septiembre de 2013
Incesante
Sin parar ha llovido por cincuenta días y sus noches.
El pavimento de la ciudad está continuamente mojado y empieza a cobrar vida pues lo cubre una lama verde.
El pasto en las banquetas y en los parques es salvaje y enorme.
Crecen flores extrañas y hermosas, es un gozo verlas.
Las personas sin paraguas corren por las calles buscando un techo.
El agua trae un frío que cala los huesos.
El andar de los autos suena diferente, el reflejo de sus luces es distinto.
El país se cubre de un agua que no para, no termina, se hace más y más.
Pareciera algo infinito este llanto del cielo.
No tiene clemencia esta tormenta.
Se lleva todo lo que encuentra a su paso.
Casas, coches, vidas, puentes, alegrías alguna vez sentidas...
Devora.
Cae sobre mi.
Me moja la ropa y el cuerpo.
Empapa mi alma, mis pensamientos, mis recuerdos.
Me traga.
Me escupe.
Me confundo con ella.
Acaricia mi cintura, mi cuello, mi pecho.
Es un atrevimiento.
Se escurre por mis mejillas.
Se mezcla con mis lágrimas.
Me humedece la nostalgia.
Trae con su sonido viejos poemas que taladran el corazón.
No puedo soportarla más.
No aguanto más su música que por un lado arrulla y por el otro mata.
El pavimento de la ciudad está continuamente mojado y empieza a cobrar vida pues lo cubre una lama verde.
El pasto en las banquetas y en los parques es salvaje y enorme.
Crecen flores extrañas y hermosas, es un gozo verlas.
Las personas sin paraguas corren por las calles buscando un techo.
El agua trae un frío que cala los huesos.
El andar de los autos suena diferente, el reflejo de sus luces es distinto.
El país se cubre de un agua que no para, no termina, se hace más y más.
Pareciera algo infinito este llanto del cielo.
No tiene clemencia esta tormenta.
Se lleva todo lo que encuentra a su paso.
Casas, coches, vidas, puentes, alegrías alguna vez sentidas...
Devora.
Cae sobre mi.
Me moja la ropa y el cuerpo.
Empapa mi alma, mis pensamientos, mis recuerdos.
Me traga.
Me escupe.
Me confundo con ella.
Acaricia mi cintura, mi cuello, mi pecho.
Es un atrevimiento.
Se escurre por mis mejillas.
Se mezcla con mis lágrimas.
Me humedece la nostalgia.
Trae con su sonido viejos poemas que taladran el corazón.
No puedo soportarla más.
No aguanto más su música que por un lado arrulla y por el otro mata.
lunes, 8 de abril de 2013
Cuentito
Esta persona de la que les voy a contar tomó una escalera y la recargó sobre la ventana mas alta que encontró.
Subió por la escalera.
Abrió la ventana de mi corazón y sin más ni más se aventó al vacío.
Al caer al piso se desnucó instantáneamente.
Mi corazón ha quedado con un dolor inmenso, tal vez porque el suicida olvidó cerrar la ventana y quitar la escalera, y además, el espíritu del muerto se ha mudado a mi mente y ahí se la pasa dando vueltas y vueltas sin parar.
martes, 26 de marzo de 2013
Los videos de mi cabeza
Recuerdo, déjame en paz.
No me espíes.
Deja de perseguirme por las calles.
Yo te miro de reojo y corro por las banquetas entre la gente.
Tu corres atrás de mi hasta que llego a un callejón sin salida y ahí tu me acorralas y sacas tu cámara de videos del pasado, la proyectas en mi cerebro, y
luego, no contento aún, la proyectas en mi corazón.
Después quedo yo tirada en el piso, exhausta, con mi corazón en mi mano todo roto y ensangrentado y sin saber que hacer con él.
Mis pensamientos confundidos.
Tu me miras satisfecho.
Tus videos están todos regados en el piso.
Todos en play simultáneamente.
Oigo voces y risas del pasado.
Pero eso ya no está.
No puedo tocarlo.
Aunque estire las manos.
Tu te carcajeas.
Tan satisfecho como quien termina de comer un buen banquete.
Suspiras de placer.
Recojes tus vídeos y con tu cámara al hombro te vas, dejándome ahí tirada casi sin poder respirar porque se que la gloria del pasado no volverá jamás .
Mañana volverás otra vez.
Diario me haces lo mismo.
Pero como ya no quiero más esta situación, he decidido conseguir una pistola.
Te voy a matar.
Cuando te vea venir te dejaré acercarte y cuando estés a sólo unos pasos de distancia sacaré la pistola de mi abrigo y te dispararé.
Será instantánea tu muerte.
Limpiaré toda la sangre y ya no habrá rastro alguno de ti.
Ni siquiera recordaré porque tengo esa pistola en la mano.
Mi mente y espíritu estarán en blanco, serán brillantes y podré escribir en ellos historias nuevas con tintas de arcoiris y con finales felices.
Y nacerá un familiar tuyo, será benévolo porque cuando me vea siempre sonreirá amablemente, y acariciará mis mejillas suavemente y con ternura.
viernes, 11 de enero de 2013
Balas
¿Cómo puede la tierra seguir girando después de que un loco balaceó a veinte niños en Connecticut?
¿Cómo no le duele el alma al mundo?
Escucho a mis niñas junto a mi jugando a ser princesas,
y pienso de inmediato en los padres de los niños asesinados.
No puede existir un dolor mayor al que ellos deben estar sintiendo, y
sin embargo, la vida seguirá.
El hombre y las armas, ¿Hasta cuándo?
Me duele el pecho.
Escucho a mis niñas cantando.
La infancia es lo mas valioso que la humanidad tiene,
pero al parecer importa más la venta de armas.
Si se pudiera regresar el tiempo; los padres de los niños masacrados en el colegio de Connecticut no estarían llorando ahora sino abrazando a sus hijos.
¿Hasta cuándo se van a repetir estas historias?
Oigo las vocecitas de mis niñas y sus risas.
Rezo a algún dios porque un aura protectora las cubra a ellas y a todos los niños y niñas que existen.
Trato de acercar mi alma a la de los padres de los niños muertos.
Pero a ellos ya nunca nadie les podrá sacar las balas que les han quedado en el alma, esas ahí se quedan y lastimarán por toda la vida...
¿Cómo no le duele el alma al mundo?
Escucho a mis niñas junto a mi jugando a ser princesas,
y pienso de inmediato en los padres de los niños asesinados.
No puede existir un dolor mayor al que ellos deben estar sintiendo, y
sin embargo, la vida seguirá.
El hombre y las armas, ¿Hasta cuándo?
Me duele el pecho.
Escucho a mis niñas cantando.
La infancia es lo mas valioso que la humanidad tiene,
pero al parecer importa más la venta de armas.
Si se pudiera regresar el tiempo; los padres de los niños masacrados en el colegio de Connecticut no estarían llorando ahora sino abrazando a sus hijos.
¿Hasta cuándo se van a repetir estas historias?
Oigo las vocecitas de mis niñas y sus risas.
Rezo a algún dios porque un aura protectora las cubra a ellas y a todos los niños y niñas que existen.
Trato de acercar mi alma a la de los padres de los niños muertos.
Pero a ellos ya nunca nadie les podrá sacar las balas que les han quedado en el alma, esas ahí se quedan y lastimarán por toda la vida...
sábado, 1 de diciembre de 2012
Nadie cree en nada
Existió una vez una rosa que vivía en un campo sereno. Su belleza no tenía igual. Lo tenía todo, nada le faltaba. Tenía el Sol necesario, un aire suave, una cantidad suficiente de agua, y por las noches podía ver las estrellas y la Luna. Escuchaba a los grillos y a las ranas cantar. Veía aves de colores maravillosos pasar. Su aroma no tenía igual y era muy roja.
Pero ella quería más. Quería ver otras tierras, conocer otros mundos, y así inmovilizada, con su tallo enterrado en la tierra y con tanta raíz nunca podría hacer realidad sus sueños.
Un buen día pasó a su lado un caballero enamorado. Él paró a observar a la rosa. La contempló durante largo rato. Él no lo sabía, pero ella también aprovechó para observarlo a él. Era un hombre como de unos cuarenta años, muy alto, flaco, su piel era negra, sus ojos enormes y oscuros, su boca carnosa y su nariz delgada. Sus manos eran grandes, con dedos largos, las palmas de las manos blancas y los dientes también. Llevaba puesto un bombín negro, una camisa blanca de cuello ancho. Un saco largo de terciopelo negro con solapas grandes y un pantalón negro acampanado. Su pelo era corto y muy crespo y negro. No sé más detalles, así que el lector deberá imaginarlo haciendo uso de mi descripción y como mejor pueda.
Era un hombre enamorado de una doncella jovén y hermosa, con la piel oscura y los ojos negros, y el pelo crespo, largo y hasta la cintura. De figura esbelta y de labios rojos. Y él pensó en cortar esa rosa para regalársela a ella y declararle así su amor.
Así que la cortó con su mano derecha y al hacerlo se pinchó un dedo con una de las espinas, y escurrió sangre por su mano, después sacó un pañuelo que traía guardado en el bolsillo del saco y con él se secó.
La rosa estaba tan feliz, por fin conocería el mundo, podría ver desde ángulos distintos todo.
El jóven con la rosa en la mano corrió hasta la casa de la dueña de su corazón. Tocó a su puerta. Ella abrió. Lo miró seriamente y le preguntó qué quería. Él, mostrándole la rosa, le dijo "te he traído esta flor" y le declaró su amor. La rosa estaba tan feliz de estar en medio de dos corazones. ¿A qué más podía aspirar una rosa?
Pero la doncella rechazó al hombre, cerró la puerta y lo dejó con la rosa en la mano. Nuestra flor se sintió desconsolada, quiso volver a su raíz, y ni que decir del jovén enamorado.
Él se fue a su casa. Puso la rosa en un florero con agua, sobre una mesa. Él consiguió un pincél y un frasquito de pintura negra. Con delicadeza pintó cada uno de los pétalos rojos y los convirtió en negros. Así se sentía su corazón. La flor se veía hermosa de cualquier modo, pero sentía asfixia, tortura.
Entonces y de repente, a la rosa le crecieron unas raíces enormes, como si fueran unas piernas y unos pies, y creció su tallo muy grande y ella brincó del florero. Se veía como del tamaño de un niño de seis años. Ella se sacudió la pintura negra. Manchó todos los muebles y las paredes de la casa de negro, y quedó roja otra vez.
La rosa corrió hacía la puerta de la entrada, la abrió, y salió de la casa corriendo hacia la calle. Él salió corriendo atrás de ella.
¡No te vayas! Le gritó.
¡Rregresa! Le imploró.
Él corrió y gritó por su barrio. Eran las tres de la mañana, algunos vecinos despertaron al escucharlo y encendieron las luces de sus casas.
Después él se cansó de correr, entonces se tiró al piso a llorar y a gritar. Algunos vecinos salieron a la calle por curiosos. Miraron al hombre enamorado, lo escucharon gritando:
¡Regresa rosa, regresa!
Los que lo miraron pensaron que él tenía una pena de amor. Se juntó tanta gente alrededor suyo, pero a él no le importó. Él siguió llorando y gritando:
¡Detente rosa!!!!!
Un vecino se acercó a él, se agachó, le puso la mano en el hombro, le dijo, tranquilo, el tiempo todo lo cura, olividarás a Rosa, otra mujer encontrarás. Él le contestó al vecino que rosa no era una mujer, que rosa era una flor, una flor que había cortado apenas esa mañana, que la había llevado a su casa y que la había puesto en un florero, pero que ella se había brincado de éste, que le habían salido piernas y brazos, que se había hecho grande, y había salido corriendo de su casa.
Este hombre está loco, concluyeron los vecinos. En estos tiempos, la gente ya no cree en nada ni en nadie. Nadie cree en hadas, en daragones, en unicornios, ni mucho menos en rosas que corren por las calles con raíces en forma de piernas y brazos.
Los vecinos llamaron a una ambulancia. Nuestro hombre fue llevado al psiquiátrico de la ciudad. A todos los médicos les ha contado su historia, nadie le ha creído. Han concluido que está loco. Lleva ya años encerrado en el manicomio, todos los días recuerda a su rosa.
La rosa regresó a su campo, enterró sus raíces a la tierra. Valoró el estar ahí. Murió a los pocos días.
Pero ella quería más. Quería ver otras tierras, conocer otros mundos, y así inmovilizada, con su tallo enterrado en la tierra y con tanta raíz nunca podría hacer realidad sus sueños.
Un buen día pasó a su lado un caballero enamorado. Él paró a observar a la rosa. La contempló durante largo rato. Él no lo sabía, pero ella también aprovechó para observarlo a él. Era un hombre como de unos cuarenta años, muy alto, flaco, su piel era negra, sus ojos enormes y oscuros, su boca carnosa y su nariz delgada. Sus manos eran grandes, con dedos largos, las palmas de las manos blancas y los dientes también. Llevaba puesto un bombín negro, una camisa blanca de cuello ancho. Un saco largo de terciopelo negro con solapas grandes y un pantalón negro acampanado. Su pelo era corto y muy crespo y negro. No sé más detalles, así que el lector deberá imaginarlo haciendo uso de mi descripción y como mejor pueda.
Era un hombre enamorado de una doncella jovén y hermosa, con la piel oscura y los ojos negros, y el pelo crespo, largo y hasta la cintura. De figura esbelta y de labios rojos. Y él pensó en cortar esa rosa para regalársela a ella y declararle así su amor.
Así que la cortó con su mano derecha y al hacerlo se pinchó un dedo con una de las espinas, y escurrió sangre por su mano, después sacó un pañuelo que traía guardado en el bolsillo del saco y con él se secó.
La rosa estaba tan feliz, por fin conocería el mundo, podría ver desde ángulos distintos todo.
El jóven con la rosa en la mano corrió hasta la casa de la dueña de su corazón. Tocó a su puerta. Ella abrió. Lo miró seriamente y le preguntó qué quería. Él, mostrándole la rosa, le dijo "te he traído esta flor" y le declaró su amor. La rosa estaba tan feliz de estar en medio de dos corazones. ¿A qué más podía aspirar una rosa?
Pero la doncella rechazó al hombre, cerró la puerta y lo dejó con la rosa en la mano. Nuestra flor se sintió desconsolada, quiso volver a su raíz, y ni que decir del jovén enamorado.
Él se fue a su casa. Puso la rosa en un florero con agua, sobre una mesa. Él consiguió un pincél y un frasquito de pintura negra. Con delicadeza pintó cada uno de los pétalos rojos y los convirtió en negros. Así se sentía su corazón. La flor se veía hermosa de cualquier modo, pero sentía asfixia, tortura.
Entonces y de repente, a la rosa le crecieron unas raíces enormes, como si fueran unas piernas y unos pies, y creció su tallo muy grande y ella brincó del florero. Se veía como del tamaño de un niño de seis años. Ella se sacudió la pintura negra. Manchó todos los muebles y las paredes de la casa de negro, y quedó roja otra vez.
La rosa corrió hacía la puerta de la entrada, la abrió, y salió de la casa corriendo hacia la calle. Él salió corriendo atrás de ella.
¡No te vayas! Le gritó.
¡Rregresa! Le imploró.
Él corrió y gritó por su barrio. Eran las tres de la mañana, algunos vecinos despertaron al escucharlo y encendieron las luces de sus casas.
Después él se cansó de correr, entonces se tiró al piso a llorar y a gritar. Algunos vecinos salieron a la calle por curiosos. Miraron al hombre enamorado, lo escucharon gritando:
¡Regresa rosa, regresa!
Los que lo miraron pensaron que él tenía una pena de amor. Se juntó tanta gente alrededor suyo, pero a él no le importó. Él siguió llorando y gritando:
¡Detente rosa!!!!!
Un vecino se acercó a él, se agachó, le puso la mano en el hombro, le dijo, tranquilo, el tiempo todo lo cura, olividarás a Rosa, otra mujer encontrarás. Él le contestó al vecino que rosa no era una mujer, que rosa era una flor, una flor que había cortado apenas esa mañana, que la había llevado a su casa y que la había puesto en un florero, pero que ella se había brincado de éste, que le habían salido piernas y brazos, que se había hecho grande, y había salido corriendo de su casa.
Este hombre está loco, concluyeron los vecinos. En estos tiempos, la gente ya no cree en nada ni en nadie. Nadie cree en hadas, en daragones, en unicornios, ni mucho menos en rosas que corren por las calles con raíces en forma de piernas y brazos.
Los vecinos llamaron a una ambulancia. Nuestro hombre fue llevado al psiquiátrico de la ciudad. A todos los médicos les ha contado su historia, nadie le ha creído. Han concluido que está loco. Lleva ya años encerrado en el manicomio, todos los días recuerda a su rosa.
La rosa regresó a su campo, enterró sus raíces a la tierra. Valoró el estar ahí. Murió a los pocos días.
martes, 9 de octubre de 2012
El quehacer de la casa
La recogí una mañana lluviosa, en el verano de 2001. Yo iba en mi coche y la vi a ella caminando por la banqueta y sin un paraguas ni impermeable para cubrirse del aguacero. Estaba empapada de pies a cabeza. Paré el auto cerca de ella. Bajé mi ventanilla y le pregunté: "¿Quiere que la lleve?"
Ella asintió con la cabeza sin decir palabra. Caminó por adelante de mi coche dirigiéndose a la puerta del copiloto, la cual abrió rapidamente, entró al vehículo y se sentó. Me miró y me dio las gracias. Le pregunté que a dónde iba. Me dijo que sólo dos cuadras adelante estaba su casa. La llevé hasta ahí. En el corto camino no hablamos gran cosa, sólo las palabras que se necesitan para volver a ver a alguien en un tiempo futuro. Era una mujer como de unos cincuenta y cinco años, con la piel arrugada y con un rostro triste pero amable. "Yo también vivo aquí cerca" le dije. "¿Cómo te llamas?"
Tardó en contestar algunos segundos, como si mi pregunta le estuviera llegando a los oídos desde un país muy lejano. "Margarita Lombardo" contestó ella. Antes de bajarse del auto me dio las gracias y después me dijo que necesitaba un trabajo, que podía limpiar, planchar y lavar, cocinar, en fin. Por algún motivo que aún no conozco, sentí que ella era una persona de fiar y la invité a trabajar en mi casa. "Que coincidencia" le dije "Yo me acabo de cambiar aquí cerca y necesito a alguien que me ayude con todo el quehacer" y así, sin mas ni mas terminé diciéndole " te espero mañana a las nueve de la mañana, calle Prolongacíón Juárez número trece, casa 10". Ella me dijo que ahí estaría, y se bajó del coche. Vi como entró a una casa, que según me había comentado momentos atrás era la suya.
A la mañana siguiente Margarita tocó a mi puerta y desde entonces se quedó a trabajar conmigo. De eso, han pasado ya más de diez años. Desde que la conocí sentí que ella era fiel, leal y honesta conmigo. Sin embargo, hace aproximadamente un mes, Margarita comenzó a sentirse mal; mareos, dolores de cabeza, vomitos con sangre, y su cuerpo comenzó a despedir un olor muy extraño, como a descompuesto, como a podrido. Entonces, le ofrecí llevarla a un medico, debía atenderse, pero en un pricipio ella no quizo, consideró que no era necesario. Sin embargo, finalmente, después de mucho insistirle, ella accedio.
La acompañé a una clínica que está cerca de mi casa. Al llegar, en la recepción nos preguntaron que quién era el paciente. "Yo" respondió Margarita. La persona que nos atendía le pidió entonces una identificación a Margarita. "No tengo ninguna" contestó ella. ¿No tienes ni un acta de nacimiento, ni un pasaporte o cualquier otra credencial que te identifique? le pregunté. "No tengo nada" aseguró.
El recepcionista de la clínica dijo que así no la podrían atender. Nos retiramos del lugar.
Al salir de ahí, la llevé en mi auto hasta su casa. En el camino le dije que tendría que ir a las oficinas del registro civil a solicitar copias certificadas de su acta de nacimiento. "No puedo hacer eso" me dijo. Le pregunté por qué. "Porque no me llamo Margarita Lombardo" me contestó ella. No pude decir ni una palabra más, me sentí completamente traicionada, no entendía cómo podía confesarme semejante cosa después de diez años. Ninguna de las dos abrió la boca hasta que paré el auto en frente de la puerta de su casa. Entonces, le pregunté "Por qué me mentiste?" Ella me miró fijamente a los ojos y me respondió "Porque alguna vez tuve un nombre, y ese fue Librada Martínez, y alguna vez tuve un acta de nacimiento, hace mucho tiempo, pero ahora lo que tengo es sólo esta acta de defunción con el nombre que tuve".Y así, abrió su bolso y de él sacó un papel arrugado, me lo entregó, lo miré, y leí "Acta de Defunción" en el encabezado, "occiso(a) Librada Martínez, fecha del deceso 13 de enero de 2000." Sin mas, me dijo hasta luego y se bajó del coche. Vi como se dirigió hacía la puerta de su casa, la abrió y desapareció detrás de ella.
A la mañana siguiente no apareció en mi casa, la esperé muchas mañanas, algo asi como diez mañanas, nunca me llamó por teléfono como solía hacerlo cuando no podía ir a trabajar. Un buen día decidí ir a buscarla, no podía ser real lo que me había dicho aquel día que nos despedimos, tenía que ser una broma, algún juego extraño, todo se aclararía y volvería a ser como antes. Llegué a su casa, toqué la puerta, me abrió un hombre, como de unos sesenta y tres años. Atrás de él vi colgada sobre una pared blanca una fotografía de Margarita o de Librada. El señor me dijo "Dígame, qué se le ofrece?"
"Buscó a Librada" le dije. "¿Librada? Ella murió hace once años. Fue atropellada una noche lluviosa, aquí cerca, a dos cuadras" afirmó él. "¿Es ella? ¿Es la de la foto que está atrás de usted colgada en la pared?" le pregunté. "Si es ella, fue mi hermana, y aunque ha pasado tanto tiempo, no sabe como la extrano", me dijo. "¿Usted la conoció?" inquirió él. "Si, y también la extraño mucho, creámelo" le manifesté. Él intentó hacerme más preguntas, pero yo no pude seguir mas ahí.
Y así sin mas, me despedí de él, sin entender nada, sin volverla a ver jamás, y sin saber si realmente algún día la vi en realidad.
Ella asintió con la cabeza sin decir palabra. Caminó por adelante de mi coche dirigiéndose a la puerta del copiloto, la cual abrió rapidamente, entró al vehículo y se sentó. Me miró y me dio las gracias. Le pregunté que a dónde iba. Me dijo que sólo dos cuadras adelante estaba su casa. La llevé hasta ahí. En el corto camino no hablamos gran cosa, sólo las palabras que se necesitan para volver a ver a alguien en un tiempo futuro. Era una mujer como de unos cincuenta y cinco años, con la piel arrugada y con un rostro triste pero amable. "Yo también vivo aquí cerca" le dije. "¿Cómo te llamas?"
Tardó en contestar algunos segundos, como si mi pregunta le estuviera llegando a los oídos desde un país muy lejano. "Margarita Lombardo" contestó ella. Antes de bajarse del auto me dio las gracias y después me dijo que necesitaba un trabajo, que podía limpiar, planchar y lavar, cocinar, en fin. Por algún motivo que aún no conozco, sentí que ella era una persona de fiar y la invité a trabajar en mi casa. "Que coincidencia" le dije "Yo me acabo de cambiar aquí cerca y necesito a alguien que me ayude con todo el quehacer" y así, sin mas ni mas terminé diciéndole " te espero mañana a las nueve de la mañana, calle Prolongacíón Juárez número trece, casa 10". Ella me dijo que ahí estaría, y se bajó del coche. Vi como entró a una casa, que según me había comentado momentos atrás era la suya.
A la mañana siguiente Margarita tocó a mi puerta y desde entonces se quedó a trabajar conmigo. De eso, han pasado ya más de diez años. Desde que la conocí sentí que ella era fiel, leal y honesta conmigo. Sin embargo, hace aproximadamente un mes, Margarita comenzó a sentirse mal; mareos, dolores de cabeza, vomitos con sangre, y su cuerpo comenzó a despedir un olor muy extraño, como a descompuesto, como a podrido. Entonces, le ofrecí llevarla a un medico, debía atenderse, pero en un pricipio ella no quizo, consideró que no era necesario. Sin embargo, finalmente, después de mucho insistirle, ella accedio.
La acompañé a una clínica que está cerca de mi casa. Al llegar, en la recepción nos preguntaron que quién era el paciente. "Yo" respondió Margarita. La persona que nos atendía le pidió entonces una identificación a Margarita. "No tengo ninguna" contestó ella. ¿No tienes ni un acta de nacimiento, ni un pasaporte o cualquier otra credencial que te identifique? le pregunté. "No tengo nada" aseguró.
El recepcionista de la clínica dijo que así no la podrían atender. Nos retiramos del lugar.
Al salir de ahí, la llevé en mi auto hasta su casa. En el camino le dije que tendría que ir a las oficinas del registro civil a solicitar copias certificadas de su acta de nacimiento. "No puedo hacer eso" me dijo. Le pregunté por qué. "Porque no me llamo Margarita Lombardo" me contestó ella. No pude decir ni una palabra más, me sentí completamente traicionada, no entendía cómo podía confesarme semejante cosa después de diez años. Ninguna de las dos abrió la boca hasta que paré el auto en frente de la puerta de su casa. Entonces, le pregunté "Por qué me mentiste?" Ella me miró fijamente a los ojos y me respondió "Porque alguna vez tuve un nombre, y ese fue Librada Martínez, y alguna vez tuve un acta de nacimiento, hace mucho tiempo, pero ahora lo que tengo es sólo esta acta de defunción con el nombre que tuve".Y así, abrió su bolso y de él sacó un papel arrugado, me lo entregó, lo miré, y leí "Acta de Defunción" en el encabezado, "occiso(a) Librada Martínez, fecha del deceso 13 de enero de 2000." Sin mas, me dijo hasta luego y se bajó del coche. Vi como se dirigió hacía la puerta de su casa, la abrió y desapareció detrás de ella.
A la mañana siguiente no apareció en mi casa, la esperé muchas mañanas, algo asi como diez mañanas, nunca me llamó por teléfono como solía hacerlo cuando no podía ir a trabajar. Un buen día decidí ir a buscarla, no podía ser real lo que me había dicho aquel día que nos despedimos, tenía que ser una broma, algún juego extraño, todo se aclararía y volvería a ser como antes. Llegué a su casa, toqué la puerta, me abrió un hombre, como de unos sesenta y tres años. Atrás de él vi colgada sobre una pared blanca una fotografía de Margarita o de Librada. El señor me dijo "Dígame, qué se le ofrece?"
"Buscó a Librada" le dije. "¿Librada? Ella murió hace once años. Fue atropellada una noche lluviosa, aquí cerca, a dos cuadras" afirmó él. "¿Es ella? ¿Es la de la foto que está atrás de usted colgada en la pared?" le pregunté. "Si es ella, fue mi hermana, y aunque ha pasado tanto tiempo, no sabe como la extrano", me dijo. "¿Usted la conoció?" inquirió él. "Si, y también la extraño mucho, creámelo" le manifesté. Él intentó hacerme más preguntas, pero yo no pude seguir mas ahí.
Y así sin mas, me despedí de él, sin entender nada, sin volverla a ver jamás, y sin saber si realmente algún día la vi en realidad.
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