Sin parar ha llovido por cincuenta días y sus noches.
El pavimento de la ciudad está continuamente mojado y empieza a cobrar vida pues lo cubre una lama verde.
El pasto en las banquetas y en los parques es salvaje y enorme.
Crecen flores extrañas y hermosas, es un gozo verlas.
Las personas sin paraguas corren por las calles buscando un techo.
El agua trae un frío que cala los huesos.
El andar de los autos suena diferente, el reflejo de sus luces es distinto.
El país se cubre de un agua que no para, no termina, se hace más y más.
Pareciera algo infinito este llanto del cielo.
No tiene clemencia esta tormenta.
Se lleva todo lo que encuentra a su paso.
Casas, coches, vidas, puentes, alegrías alguna vez sentidas...
Devora.
Cae sobre mi.
Me moja la ropa y el cuerpo.
Empapa mi alma, mis pensamientos, mis recuerdos.
Me traga.
Me escupe.
Me confundo con ella.
Acaricia mi cintura, mi cuello, mi pecho.
Es un atrevimiento.
Se escurre por mis mejillas.
Se mezcla con mis lágrimas.
Me humedece la nostalgia.
Trae con su sonido viejos poemas que taladran el corazón.
No puedo soportarla más.
No aguanto más su música que por un lado arrulla y por el otro mata.
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