jueves, 18 de agosto de 2011

Corazones desplazados

Antes los corazones estaban en su sitio; dentro del cuerpo...

Hay una especie de epidemia que ya ha atacado a demasiados seres humanos. No existe la cura todavía.
Los síntomas consisten en mareos fuertes, dolor de estómago, taquicardias y unas ganas de vomitar insoportables. Lo extraño de este asunto es que todos los afectados vomitan exactamente lo mismo: Su corazón.
Casi siempre los corazoncitos caen directo a la taza del baño, pobrecitos. Comienzan a nadar tratando de no ahogarse y de salir de ahí. Casi todos gritan cosas incomprensibles, pero por el tono del grito se ha llegado a suponer que suplican auxilio. Los enfermos quedan exhaustos, tirados en el piso, recargados en el inodoro con la cara color verde y con ojeras negras. Sin fuerzas para nada y con cierto alivio físico. Después de unos segundos reaccionan y escuchan los gritos, no saben de dónde vienen. De repente se dan cuenta de que vienen del w.c. Voltean la mirada hacía ahí y se percatan de que su corazón está tratando de salirse de ese lugar. Eso si, los corazones nunca dejan de latir. Desde el inodoro lo hacen fuertemente pues están asustados. Suplicantes. La persona entonces ve que de su boca sale una arteria muy larga que se conecta con su corazón. Entonces,  jala la arteria y saca al corazón del inodoro, como si fuese una cuerda salvavidas. Después carga a su corazón. Lo observa. Sin sentir nada lo suelta y sigue su vida normal, pero ahora con la única diferencia de que un corazón lo sigue siempre a todas partes pues lo trae pegado a su arteria. A la persona no le importa ni le incomoda tener la arteria salida por la boca, come como puede y hablar no le interesa mucho, comunicarse con las personas no le parece tan necesario, y piensa que hay cosas más importantes en la vida.
A todas las personas que sufren esta enfermedad les pasa exactamente lo mismo. Que curioso.
El corazoncito sigue sonriente a su dueño. El dueño no lo determina, pero el corazoncito no se cansa de jalar fuertemente e inutilmente la arteria que lo conecta a su amo como para que este sienta el jalón y por lo menos lo volteé a mirar.

Cuando un dueño escucha las noticias que generalmente hablan de un gran caos, el corazoncito siente un dolor fuerte en su pecho. Su dueño no siente nada, sólo le importa su propio bienestar, no le importan los demás, piensa que es lo normal y sigue la vida mecanicamente.

Un dueño llega a un parque en una mañana fresca. Huele a tierra mojada. En los árboles se ven gotas de rocío. Entre sus ramas se cruza la luz del Sol, se oyen cantos de pájaros, todo está tan vivo ahí. El corazón suspira, respira, se infla de gozo y sonríe. De pronto siente que la arteria le da un jalón fuerte, es su dueño que ha empezado a trotar. El corazón le comenta sobre todo lo que ha sentido al llegar al parque. Su dueño lo escucha con atención y lo observa fijamente pero sin expresión alguna en los ojos y le responde que eso son tonterías.

Regresan a casa. El dueño del corazón se alista para irse a trabajar. Se sienta en el comedor para desayunar algo antes de irse, a su lado en otra silla se sienta el corazón. El dueño le grita a su empleada, ella entra al comedor. El corazón la mira y le sonríe, ella lo mira y le sonríe. El corazón le dice buenos días, ella le dice buenos días. El patrón ni siquiera la voltea a ver a ella, sólo le dice tráeme mi desayuno rápido que ya es tarde. Pronto ella le sirve el desayuno. El dueño empieza a comer. Al corazoncito le llega por la arteria la sensación del sabor de la comida, se lame los bigotes, se soba su barriguita de gusto. El dueño no siente nada, sólo come como si fuese una máquina. Termina el desayuno, se levanta de la mesa sin decir nada y jala a su corazón porque lo trae pegado. El corazoncito grita "Gracias" a  la empleada.

Al llegar a la oficina, el dueño saluda friamente a sus compañeros. Hay varios ahí que ya traen el corazón salido por la boca. Es curioso, todas estas personas tienen una mirada inexpresiva, como si estuviesen muertos. Es simpático ver como hay muchísimos corazoncitos revoloteando por el lugar. Cuando los corazones se ven por la mañana se saludan muy cariñosamente y conversan amablemente. Los dueños se sientan en frente de un computador a trabajar y durante largas horas no voltean a ver a nadie, son sólo ellos y sus maquinas. En cambio los corazones aprovechan el tiempo para abrazarse entre ellos, para leer poemas, para escucharse y para trabajar en equipo.

Y asi la vida sigue, con personas que son muertos andantes y que cada vez son más y más.
En este mundo ya no importa lo que siente el corazón.

La única cura sería regresar los corazones a su sitio de orígen.
Entonces, el dueño tendría que tragarse de algún modo a su corazón, regresarlo a su lugar. Asi el dueño, volvería a sentir, volvería a vivir, no andaría como un robot por las calles, sentiría respeto, amor o compasión por las otras personas.

Y pues si, las personas que aún no sufren de este mal buscan la solución. Cuando sienten mareos los evaden; piensan en una noche estrellada, en un atardecer, en un campo de girasoles, en cuando se toca y se besa a quien se ama.
Han convocado a un gran concurso en el que los ganadores serán los que en menor tiempo traguen su corazón y lo devuelvan a su sitio.

Esperemos que funcione y que no todo esté perdido.

lunes, 27 de junio de 2011

Sabina

Buscas hadas entre las flores
Miras las hojas de los árboles por si acaso alguna estuviese ahí
Me pides que te ayude a buscar
Tienes una casita de muñecas pequeñita lista para ellas
Tiene todo: camita, bañito, cocinita y hasta un piano
Ya sólo faltan las inquilinas
Yo siempre te ayudaré a buscarlas, no descansaremos nunca de hacerlo 
Lo que no sabes es que en realidad tu eres un hada del bosque que las personas afortunadas podemos ver
Sonrisita hermosa
Cuando te ríes salen estrellitas por tu boca, y el Mundo se para
Tus lágrimas pasman el corazón
Tus ojos robaron el azul del mar Caribe
o el verde a las plantas
Coleccionas los arcoiris en tu alma,
a diario los buscas,
y cuando los encuentras no entiendes por qué no los puedes coger con las manos
y guardártelos en el bolsillo
También te voy a ayudar a hacerlo, y un día lo lograremos, ya verás, no cesaremos


martes, 21 de junio de 2011

A Miranda (casi dos meses después de su nacimiento)

Cabecita de trapo
Me miras muy atenta
Sonríes como un delfín
Me descubres
Te descubro
Lleno de besos tu carita
Hueles a lechita
Te gusta acurrucarte cerca de mi corazón y quedarte ahí dormidita
Yo te abrazo
Tal vez recuerdas cuando estabas adentro de mi cuerpo
Tal vez te confundes y no sabes si estás dentro o fuera de mi
Yo te sigo llevando muy adentro y así quiero que sea por siempre
Y te quedas ahí pegadita a mi
El tiempo se detiene
Sólo estamos tu y yo
Luego el tiempo se escapa cuando veo como creces y creces
Te gusta sentirte mecida
Te quedas quietecita sintiendo el movimiento
Como si fueras en un barquito
Como si yo fuera un barquito
Eso soy para ti
Soy tu barquito y tu vaquita lechera
Soy el latido de un corazón que te abraza
Un refugio donde crecer








miércoles, 8 de junio de 2011

Espacio cerrado

No sé para que dejé que Joselo me fotografiara. Me quedé atrapada desde que él apretó el botón. Casi no puedo moverme, sobre todo cuando alguien me ve, debo aparentar que soy sólo una imagen. Aunque pareciera que las hay, aquí no existen las dimensiones, estoy atrapada en un papel que me aplasta. Me duelen los senos y las nalgas; están apachurradísimos en este ambiente. Todo lo veo en blanco y negro, qué le pasa a mis ojos. En un momento de desesperación y cuando nadie me miraba, busqué la salida. Con mis dedos toqué los bordes de este lugar, pero me he cortado mucho, estaban muy afiladas las orillas. Me está saliendo tanta sangre, el papel la absorbe, todo se está tiñendo de rojo, me arde, estoy muy mojada, empiezo a sentirme débil, tengo sueño, casi no puedo ver, esto se ha vuelto un mar, empiezo a nadar, soy tan pequeña dentro de esta foto, y sin embargo tengo litros y litros de sangre. Ahora se está derramando, ya no cabe aquí adentro, y me está llevando, creo que he encontrado la salida, me avienta en cascada, he caído fuertemente sobre el suelo, en el mismo lugar en donde fui atrapada, donde fui fotografiada. Es de noche, no hay nadie aquí, estoy muy mojada, ya no siento nada, sólo una pequeña hoja de papel fotográfico empapado en mi mano izquierda.

martes, 24 de mayo de 2011

¿Dónde está mi peluquera?

Toda la vida mi pelo anduvo de mano en mano. De tijera en tijera. Un día llegó a mi vida esta persona. Tocó a mi puerta.

Pregunté: ¿Quién es y qué se le ofrece?

Dijo: Soy peluquera, mire mis tijeras.

Me mostró las tijeras más bonitas que jamás hubiera visto. Brillaban tanto que al mirarlas podía ver parte de mi reflejo en ellas. Eran enormes y muy afiladas. Al menos eso me parecieron.

Le dije:
Yo no la conozco a usted, ¿por qué habría de confiar en una extraña con tijeras?

Ella sonrió y al sonreír mostró los dientes, tenía uno de los de adelante cubierto con oro, su brillo me deslumbró.

En seguida me dijo:
No se va a arrepentir.

Como hipnotizada yo le abrí la puerta a la mujer.

Ella entró de inmediato a mi casa, cargando sus tijeras, las cuales apenas cupieron por la puerta. Noté que ella cojeaba. Me dijo que se llamaba Lucha. Le pregunté el precio por el corte de pelo. Dijo que por cualquier corte cobraría ochenta pesos.

Entramos a la casa. Me senté en una silla. La primera que encontré. Sacó un plástico. Lo extendió sobre mi. Lo amarró en mi cuello. Mi cabeza fue lo único que quedó descubierto.

Empezó a cortar mi pelo con sus enormes tijeras.

Desde entonces mi pelo cambió. Comenzó a crecer y a brillar. Y pasaron cosas muy extrañas. Había mañanas que yo despertaba, me miraba al espejo y tenía el pelo suelto, muy bien peinado y con florecitas que formaban una diadema. Otro día desperté y tenía el pelo muy rojo y muy lacio, pero no muy largo, un buen estilo, sin duda. Un día tuve unos rizos. También desperté alguna vez con el pelo morado. Hubo una ocasión en la que no tenía yo ni un pelo en la cabeza y sólo mariposas de colores cubrían mi cuero cabelludo. Fue lindo ese día, no se despegaban de mi las mariposas. Por la noche se fueron a dormir conmigo, y a la mañana siguiente ya se habían marchado.

Asi pasaron muchos años y tuve muchos peinados diferentes. Yo era feliz cambiando el corte y el color de forma frecuente. Pero hace una semana sucedió algo. Amanecí calva. Es verdad.

Traté de localizar a Lucha por todas partes. Ella no aparece. Es como si la tierra hubiera abierto un hueco y se la hubiera tragado. Pero cómo saber dónde está ese hueco. Dónde estarán las tijeras. Tal vez las tijeras se la tragaron a ella. Eran tan enormes.

El problema fundamental es que a partir de que me descubrí calva el pelo no me ha parado de crecer y crecer y crecer…A una velocidad desmedida. Hoy ya tengo el pelo hasta los pies. Me cubre la cara y todo el cuerpo. Ya he comenzado a tropezarme con él. Me pesa un montón y no hallo cómo recogérmelo.
Por favor si alguien sabe de ella hágamelo saber. Es una mujer coja que lleva en sus manos unas tijeras enormes. Inconfundible. Daré recompensa al que me la traiga a mi domicilio. Necesito que regrese.

He llamado a otros estilistas. Me han cortado el pelo, pero a los pocos minutos lo tengo igual o más largo que antes del corte. Sólo ella pueda resolver mi problema, estoy segura. Ahora veo que mi pelo ya se arrastra. Cuando deje de escribir esto y me ponga a caminar, seguramente trapearé el suelo con mi cabellera.

Siento temor.

Un día le dije que me dejara tomarle una foto, le tenía tanto cariño que quería tener un recuerdo de ella. Ella accedió, y sonrió ante la cámara mostrándome su gran diente de oro y sus enormes tijeras, las cuales, por supuesto, también aparecen en la foto.

Sacaré copias de esa foto y las pegaré por toda la ciudad. Seguro que alguien la encontrará.

….

Alguien toca a mi puerta. Me asomo y sólo veo a las tijeras enormes caminando de lado a lado. Me acerco y las miro. Sus filos están ensangrentados. Les abro la puerta y entran a mi casa.
Me cuentan que Lucha ha muerto…

domingo, 1 de mayo de 2011

Una familia no es nada



¿Sabe alguien cómo y cuándo exactamente será su muerte?
Los que más se aproximan a saberlo son los desahuciados…
Tal vez sea dentro de un segundo, una hora, mañana puede ser.
Acaso pasen cien años sin que te busque.
En la infancia, algo maravilloso es que uno nunca se cuestiona esto. Sólo se vive, como si la vida fuera un para siempre, o simplemente como si no importase la duración de la misma, por eso en la niñez uno es un poco eterno.
¿Moriré ahogado?
¿Envenenado?
¿Cometeré suicidio tal vez?
¿Me consumirá una enfermedad?
¿Tendré un accidente fatal?

Pero, ¿Qué sentido tendría saber nuestro instante final?
¿Percibir el tiempo y la vida de una manera distinta? ¿Entregarnos a la reflexión?
¿Seguir la vida de igual manera? ¿Hacernos conscientes de nuestra fragilidad y de lo efímeros que realmente somos? De todas maneras, nadie tiene escapatoria.

Fedra

Fedra estudia la licenciatura en biología, tiene veintidós años. Sus mascotas son dos salamandras. Robó un frasquito con cianuro en alguno de los laboratorios de la universidad.  Son las ocho de la noche de un martes cualquiera. Fedra regresa a casa después de haber estado todo el día en la facultad. Entra directo a la cocina pues siente hambre. Encuentra ahí a Martina, su madre, y a su padrastro, Enrique. Se sientan en la mesa del comedor a cenar una sopa de fideos que Martina ha preparado. Conversan por un rato. Después la hija dice que se va a dormir y se retira a su habitación. Baja unas escaleras de caracol para llegar a su cuarto que está en el sótano de la casa. Enciende la luz, pues aquello parece la cueva de un lobo. Se sienta en el escritorio que tiene al lado de su cama. Toma una hoja en blanco y un bolígrafo negro. Comienza a escribir una carta dirigida a su madre. Al terminar la firma y la mete en un sobre en el que sólo escribe Mamá. Deja la carta sobre el escritorio. Saca el frasquito de su mochila. Con él en mano se dirige hacia una pecera donde tiene a sus animales. Abre el envase. Riega parte de la sustancia dentro de la pecera. Cierra el frasco. Observa a sus salamandras durante un buen rato. Al principio están tan quietas; como si durmieran. Luego empiezan a moverse alrededor del acuario. Finalmente convulsionan y una espumita sale de sus bocas, hasta que se vuelven a quedar quietas. Fedra mete la mano a la pecera, carga a una, luego a la otra y después de cerciorarse de que ambas han muerto las coloca de nuevo en su recipiente, tal cual las había encontrado antes de envenenarlas. Posteriormente pone el frasquito sobre su mesa de noche. Se dirige a su clóset, lo abre, saca un vestido negro largo. Se quita los jeans, el huipil y los tenis que trae puestos. Los deja tirados en el suelo. Se pone el vestido. Se queda descalza. No tiene collares puestos, no tiene aretes, no tiene anillos ni pulseras, sólo un reloj de pulso. Se suelta el pelo. Se mira en el espejo grande que está pegado en una de las paredes de su cuarto. Piensa que necesita cepillarse el pelo. Toma el cepillo que está sobre su mesa de noche. Se peina su rubia cabellera larga. Después saca de su mochila, que está sobre la silla del escritorio, un pinta labios rojo. Se para nuevamente frente al espejo y se pinta los labios intensamente. Le pone la tapa al pinta labios. Se mira por última vez, piensa que luce bien. Se dirige a la mesa de noche, toma el frasquito. Se sienta en su cama, abre el recipiente. Se toma lo que queda del contenido. Lo cierra, lo coloca nuevamente en la mesita. Se acuesta boca arriba sobre su cama, piensa que sólo tomará unos minutos. Respira profundamente. Mira el reloj de manecillas que tiene puesto en su muñeca izquierda. Empieza a contar los minutos. Espera. Mira el reloj. Han pasado algunos minutos. Se siente bien. Espera. Mira el reloj. De pronto pierde la noción del tiempo, no entiende lo que las manecillas dicen. Empieza a sentir una sensación muy extraña en las venas, como si una extraña fuerza le estuviera matando todas las células. Siente un dolor de cabeza intenso. Le empieza a faltar el aire, siente que se ahoga. Ha pasado quién sabe ya cuanto tiempo. Hace ruidos fuertes como para tratar de retener o atrapar el oxígeno que se le escapa. Enrique se encuentra en la sala, la cual está justo arriba del sótano. Alcanza a escuchar los jadeos de Fedra. No le parecen normales. Le grita a Martina para que vaya al cuarto de su hija a ver qué sucede. Martina acude al llamado y baja corriendo al sótano. Ve a Fedra convulsionando. Se acerca aterrada a su hija. Se sienta a su lado. Percibe un olor amargo a almendra. Fedra, aún boca arriba, comienza a vomitar los fideos que había cenado, tiene las pupilas dilatadas. Martina la toma de la mano, siente como su piel de pronto se empieza a enfriar y a humedecer. Fedra siente que se quema por dentro y que se ahoga. Mira a su madre como suplicándole algo. Sus pulsaciones se vuelven lentas e irregulares, sus labios, su cara y sus extremidades toman un color azulado. De pronto pierde la conciencia. La madre es testigo de la quietud en la que queda Fedra, con la mirada perdida, con los ojos azules muy abiertos. Martina empieza a gritar y a sacudir a su hija. Desesperada llama a su esposo que está en la sala esperando. Él acude al llamado. Es médico, revisa a la joven. Está muerta: le informa a la madre.

Martina

Martina camina por el cuarto de su hija. Parece un león en una jaula de un circo. Da vueltas y vueltas. Se recarga en el escritorio y de repente su mirada descubre el sobre que dice Mamá. Lo toma. Lo abre. Saca la carta. La comienza a leer: Se que fui un estorbo en tu vida. Para ti siempre fui poca cosa. Nunca logré ser la hija que tú deseabas, a diario me lo hiciste saber. Ahora ya no te molestaré más. Ahora podrás vivir más tranquila sin la carga que he significado para ti. Fedra.

Martina, con la carta en mano, se sienta en el suelo, llora desconsolada. Las palabras de la carta se salen del papel y se le suben a Martina por las manos. Las letritas de las palabras parecen zancuditos caminando, una a una y en filita. Se le suben por el brazo, continúan por el hombro, luego van al cuello, ya parece una hilerita de hormiguitas trabajadoras. Le escalan la cara, llegan hasta los ojos, se le meten por ahí, luchando contra sus lágrimas. Ella trata de arrancárselas pero no lo logra, se le meten, se le meten. Le llegan hasta el cerebro, y ahí se instalan y comienzan a carcomérselo.

Al funeral de Fedra acuden Martina, Enrique, Bladimir, el padre de Fedra, Eugenio, el hermano de Fedra, y algunas amistades.

Martina no desea seguir viviendo, la persigue la culpa. Al paso de un año Martina enferma de cáncer en el útero. Después de seguir los tratamientos contra su enfermedad, nada le funciona, sufre grandes dolores físicos y muere tres años después que su hija.

Bladimir

Bladimir, sufre durante muchos años de esclerosis múltiple. La primera señal que le da esta enfermedad es la pérdida repentina temporal de la vista. Posteriormente la recupera pero no del todo. Durante su enfermedad desarrolla debilidad en las piernas, torpeza en las manos, entumecimiento, mareos, alteraciones de la vejiga y disfunción eréctil. Después es confinado en una silla de ruedas por varios años. Muere un año después que Martina.

Eugenio

Eugenio es piloto de avión. Hace vuelos comerciales hace varios años. Eugenio es el único sobreviviente de la familia. Han pasado ya casi dos años desde la muerte de Bladimir. Son las ocho de la mañana. Toma el teléfono y marca un número. Le contesta Alfredo. Eugenio le pregunta si sigue en pie el plan. Alfredo le responde que si. Eugenio cuelga el teléfono. Sale de su casa. Se dirige al aeropuerto. Hoy ambos deben pilotear un avión cargado de mercancía. El avión está listo, sólo espera a sus pilotos. Ellos se suben. Toman sus posiciones. Despegan. Después de unas horas de vuelo, y estando en una región montañosa, dirigen el avión hacía la pared de un gran cerro. Lo chocan. Hay una explosión. Sólo se han encontrado cenizas.

sábado, 30 de abril de 2011

Siamesas

Soy Milena Rosales, nací hace 11 años en una comunidad lejana a cualquier ciudad. Cuenta mi padre que mi nacimiento fue dramático, que una partera de dudosa experiencia atendio a mi mamá, que ella gritaba de dolor, y que al final se asomaron dos cabezas juntas que la desgarraron, provocándole una hemorragia tal que le causó la muerte. Así, mi hermana Juanita y yo nacimos entre un mar de sangre, del cual fuimos rescatadas por mi padre y la comadrona, quienes quedaron perplejos al ver que éramos un solo cuerpo y dos cabezas idénticas. Mi padre nos llevó a la gran ciudad, para que los doctores emitieran una opinión sobre el caso. Después de muchos estudios determinaron que eramos perfectamente funcionales y normales, si es que así se le puede llamar a un ser con dos cabezas. Le propusieron a mi padre sacrificar una de las cabezas, le dijeron: mire señor usted escoja la cabeza que más le agrade y la otra la podemos cortar en cirugía, sin mayor problema, y sólo cosemos el hueco que quede en el hombro y listo. Mi padre se aterrorizó con la idea, nos amaba de igual forma a ambas como para guillotinar a una. Entonces, tomó a sus bebés y regresó con nosotras a casa, no sin antes tener que lidiar con una serie de fotógrafos y periodistas que lo asediaron porque para ese momento nuestro caso ya era una noticia muy sonada a nivel mundial. Mi padre, para protegernos del mundo, construyó una casa hermosa y enorme para nosotras, y de aquí no salimos nunca, no vamos al colegio, él nos enseñó a leer y escribir, a sumar y a restar, las cosas básicas. Todo es muy bonito en esta casa, pero mi hermana y yo nos sentimos aprisionadas. Hemos visto en la televisión y en los libros que las personas tienen una sola cabeza, escuchamos en la radio como se habla de nosotras como si fuéramos un fenómeno.  Mi hermana y yo no somos felices, por eso hemos pensado sacrificar a una de nosotras; si mi padre no quiso cortarnos una cabeza, nosotras si lo haremos, y así por lo menos una podrá conocer el mundo. Mi hermana me ha pedido que sea yo la que le corte la cabeza, ella no se atreve a hacerlo, así que la voluntad tendrá que salir de mi cerebro. He robado un machete de mi padre. Lo he afilado bien. Estoy decidida a hacerlo, no le diré a Juanita cuándo, simplemente lo haré.

Anoche, después de que mi papá se fue a acostar y mi hermana y yo nos quedamos solas, esperé a que ella se durmiera, tomé el machete y de una le rebané la cabeza, su cráneo rodó por el piso y la sangre no ha parado de salir de mi hombro como una fuente. He intentado coserme con hilo y aguja, pero no lo logro, sigo sangrando, ya son las seis de la mañana, mi padre aún no despierta y yo no tengo fuerzas ni para gritarle auxilio...