domingo, 1 de mayo de 2011

Una familia no es nada



¿Sabe alguien cómo y cuándo exactamente será su muerte?
Los que más se aproximan a saberlo son los desahuciados…
Tal vez sea dentro de un segundo, una hora, mañana puede ser.
Acaso pasen cien años sin que te busque.
En la infancia, algo maravilloso es que uno nunca se cuestiona esto. Sólo se vive, como si la vida fuera un para siempre, o simplemente como si no importase la duración de la misma, por eso en la niñez uno es un poco eterno.
¿Moriré ahogado?
¿Envenenado?
¿Cometeré suicidio tal vez?
¿Me consumirá una enfermedad?
¿Tendré un accidente fatal?

Pero, ¿Qué sentido tendría saber nuestro instante final?
¿Percibir el tiempo y la vida de una manera distinta? ¿Entregarnos a la reflexión?
¿Seguir la vida de igual manera? ¿Hacernos conscientes de nuestra fragilidad y de lo efímeros que realmente somos? De todas maneras, nadie tiene escapatoria.

Fedra

Fedra estudia la licenciatura en biología, tiene veintidós años. Sus mascotas son dos salamandras. Robó un frasquito con cianuro en alguno de los laboratorios de la universidad.  Son las ocho de la noche de un martes cualquiera. Fedra regresa a casa después de haber estado todo el día en la facultad. Entra directo a la cocina pues siente hambre. Encuentra ahí a Martina, su madre, y a su padrastro, Enrique. Se sientan en la mesa del comedor a cenar una sopa de fideos que Martina ha preparado. Conversan por un rato. Después la hija dice que se va a dormir y se retira a su habitación. Baja unas escaleras de caracol para llegar a su cuarto que está en el sótano de la casa. Enciende la luz, pues aquello parece la cueva de un lobo. Se sienta en el escritorio que tiene al lado de su cama. Toma una hoja en blanco y un bolígrafo negro. Comienza a escribir una carta dirigida a su madre. Al terminar la firma y la mete en un sobre en el que sólo escribe Mamá. Deja la carta sobre el escritorio. Saca el frasquito de su mochila. Con él en mano se dirige hacia una pecera donde tiene a sus animales. Abre el envase. Riega parte de la sustancia dentro de la pecera. Cierra el frasco. Observa a sus salamandras durante un buen rato. Al principio están tan quietas; como si durmieran. Luego empiezan a moverse alrededor del acuario. Finalmente convulsionan y una espumita sale de sus bocas, hasta que se vuelven a quedar quietas. Fedra mete la mano a la pecera, carga a una, luego a la otra y después de cerciorarse de que ambas han muerto las coloca de nuevo en su recipiente, tal cual las había encontrado antes de envenenarlas. Posteriormente pone el frasquito sobre su mesa de noche. Se dirige a su clóset, lo abre, saca un vestido negro largo. Se quita los jeans, el huipil y los tenis que trae puestos. Los deja tirados en el suelo. Se pone el vestido. Se queda descalza. No tiene collares puestos, no tiene aretes, no tiene anillos ni pulseras, sólo un reloj de pulso. Se suelta el pelo. Se mira en el espejo grande que está pegado en una de las paredes de su cuarto. Piensa que necesita cepillarse el pelo. Toma el cepillo que está sobre su mesa de noche. Se peina su rubia cabellera larga. Después saca de su mochila, que está sobre la silla del escritorio, un pinta labios rojo. Se para nuevamente frente al espejo y se pinta los labios intensamente. Le pone la tapa al pinta labios. Se mira por última vez, piensa que luce bien. Se dirige a la mesa de noche, toma el frasquito. Se sienta en su cama, abre el recipiente. Se toma lo que queda del contenido. Lo cierra, lo coloca nuevamente en la mesita. Se acuesta boca arriba sobre su cama, piensa que sólo tomará unos minutos. Respira profundamente. Mira el reloj de manecillas que tiene puesto en su muñeca izquierda. Empieza a contar los minutos. Espera. Mira el reloj. Han pasado algunos minutos. Se siente bien. Espera. Mira el reloj. De pronto pierde la noción del tiempo, no entiende lo que las manecillas dicen. Empieza a sentir una sensación muy extraña en las venas, como si una extraña fuerza le estuviera matando todas las células. Siente un dolor de cabeza intenso. Le empieza a faltar el aire, siente que se ahoga. Ha pasado quién sabe ya cuanto tiempo. Hace ruidos fuertes como para tratar de retener o atrapar el oxígeno que se le escapa. Enrique se encuentra en la sala, la cual está justo arriba del sótano. Alcanza a escuchar los jadeos de Fedra. No le parecen normales. Le grita a Martina para que vaya al cuarto de su hija a ver qué sucede. Martina acude al llamado y baja corriendo al sótano. Ve a Fedra convulsionando. Se acerca aterrada a su hija. Se sienta a su lado. Percibe un olor amargo a almendra. Fedra, aún boca arriba, comienza a vomitar los fideos que había cenado, tiene las pupilas dilatadas. Martina la toma de la mano, siente como su piel de pronto se empieza a enfriar y a humedecer. Fedra siente que se quema por dentro y que se ahoga. Mira a su madre como suplicándole algo. Sus pulsaciones se vuelven lentas e irregulares, sus labios, su cara y sus extremidades toman un color azulado. De pronto pierde la conciencia. La madre es testigo de la quietud en la que queda Fedra, con la mirada perdida, con los ojos azules muy abiertos. Martina empieza a gritar y a sacudir a su hija. Desesperada llama a su esposo que está en la sala esperando. Él acude al llamado. Es médico, revisa a la joven. Está muerta: le informa a la madre.

Martina

Martina camina por el cuarto de su hija. Parece un león en una jaula de un circo. Da vueltas y vueltas. Se recarga en el escritorio y de repente su mirada descubre el sobre que dice Mamá. Lo toma. Lo abre. Saca la carta. La comienza a leer: Se que fui un estorbo en tu vida. Para ti siempre fui poca cosa. Nunca logré ser la hija que tú deseabas, a diario me lo hiciste saber. Ahora ya no te molestaré más. Ahora podrás vivir más tranquila sin la carga que he significado para ti. Fedra.

Martina, con la carta en mano, se sienta en el suelo, llora desconsolada. Las palabras de la carta se salen del papel y se le suben a Martina por las manos. Las letritas de las palabras parecen zancuditos caminando, una a una y en filita. Se le suben por el brazo, continúan por el hombro, luego van al cuello, ya parece una hilerita de hormiguitas trabajadoras. Le escalan la cara, llegan hasta los ojos, se le meten por ahí, luchando contra sus lágrimas. Ella trata de arrancárselas pero no lo logra, se le meten, se le meten. Le llegan hasta el cerebro, y ahí se instalan y comienzan a carcomérselo.

Al funeral de Fedra acuden Martina, Enrique, Bladimir, el padre de Fedra, Eugenio, el hermano de Fedra, y algunas amistades.

Martina no desea seguir viviendo, la persigue la culpa. Al paso de un año Martina enferma de cáncer en el útero. Después de seguir los tratamientos contra su enfermedad, nada le funciona, sufre grandes dolores físicos y muere tres años después que su hija.

Bladimir

Bladimir, sufre durante muchos años de esclerosis múltiple. La primera señal que le da esta enfermedad es la pérdida repentina temporal de la vista. Posteriormente la recupera pero no del todo. Durante su enfermedad desarrolla debilidad en las piernas, torpeza en las manos, entumecimiento, mareos, alteraciones de la vejiga y disfunción eréctil. Después es confinado en una silla de ruedas por varios años. Muere un año después que Martina.

Eugenio

Eugenio es piloto de avión. Hace vuelos comerciales hace varios años. Eugenio es el único sobreviviente de la familia. Han pasado ya casi dos años desde la muerte de Bladimir. Son las ocho de la mañana. Toma el teléfono y marca un número. Le contesta Alfredo. Eugenio le pregunta si sigue en pie el plan. Alfredo le responde que si. Eugenio cuelga el teléfono. Sale de su casa. Se dirige al aeropuerto. Hoy ambos deben pilotear un avión cargado de mercancía. El avión está listo, sólo espera a sus pilotos. Ellos se suben. Toman sus posiciones. Despegan. Después de unas horas de vuelo, y estando en una región montañosa, dirigen el avión hacía la pared de un gran cerro. Lo chocan. Hay una explosión. Sólo se han encontrado cenizas.

2 comentarios:

  1. Me encanta la entrada... por eso en la niñez uno es un poco eterno, es cierto...
    Y me gusta como las letras entran a carcomer el cerebro, se me hace que Horacio Quiroga o mas bien Allan Poe se están metiendo en tus sueños... que bonito y qué tétrico. Solo sabía que existía tu blog pero no me lo habías presentado formalmente, tuve que encontrarlo, pero así está mejor

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  2. no le he dicho a nadie que existe...

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